
Para ya, Tellalallama, ¡para ya! Que me mareo y se marean todos. Después de este flashback muy en la onda autoayúdica (y tómatelo como quieras), os digo: es que vi la película (la del tio Woody) como ya dije antes (me repito pito) y me trajo de golpe todo como si me fuera a morir pero en celuloide. ¡Qué bonito! Sería genial, antes de morir no es que pase toda tu vida en un segundo sino un montón de escenas de pelis que te han gustado y te mueres feliz creyéndote Shirley Mac Laine (en Irma la Dulce, por supuesto) o Marion Cotillard (que también sale en la película) (no Pipaspochas, en Irma no, en MIidnight, ¡ah, qué joven eres!). Yo creo que firmaría por eso. Y seguro moriría con glamour y feng shui, que es una forma de morir muy en boga (que hay que estar a la última oyes).
¡Ah! Es verdad, Paris siempre fue un sueño para nosotros los americanos (bueno está bien, incluyo aquí a los estadounidenses para que no se sientan discriminados por paliduchos, incluidos los afroestadounidenses que también son paliduchos pero conceptuales, ya sabéis), siempre hay algún loco que nos la pinta de colores como el cartel de la peli de Woody y no hay forma de escapar a su embrujo y en cuanto una puede ¡zas! Baguette y vino barato a la orilla del Sena.
En fin, que Midnight in Paris tiene al menos dos cosas que (nooooooooooooooo, no os la voy a destripar) impresionan: la primera es que dejas de odiar a Owen Wilson por haber hecho “No tan duro de pelar” y a la mitad de la peli no te importa que imite al tío Woody y más bien te entusiasman sus avatares, en medio de ese melancólico canto de amor a la “Generación Perdida” (la de la literatura , ¡ay que bonico” que te dan ganas de saltar a la pantalla como en La Rosa Púrpura del Cairo) y la segunda cosa ya la olvidé, pero era muy importante. Y como no he desayunado y lo empiezo a notar mejor no sigo porque me pueden despedir.
Solo añadiré una objeción, un defecto que tiene esta peli, si Rubia Tonta, como ya lo has imaginado por esos ojos abiertos esas manos en la boca (te veo te veo…) ese gesto de desesperación y horror: no sale Luis Tosar. Te digo más: la vida es así, no la he inventado yo. Y por supuesto me despido atentamente queridos y queridas lectores y lectoras con una frase genial que me he inventado como estrategia de autoayuda contra esta fatal ausencia: ¡siempre nos quedará Paris!